La Centralidad de la Palabra en el Verbum Dei  Espiritualidad Bíblica de la Nueva Evangelización

Isabel Maria Fornari

1El encuentro con el Dios bíblico: El Dios que habla

Quisiera iniciar acentuando la centralidad del Dios que habla. El cristianismo no es una religión del Libro, sino una religión de la Palabra. Así lo ha expresado la Exhortación Apostólica Verbum Domini: «la fe cristiana no es «una religión del Libro»: el cristianismo es la «religión de la Palabra de Dios», no de «una Palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo». Por consiguiente, la Escritura ha de ser proclamada, escuchada, leída, acogida y vivida como Palabra de Dios» (VD 7).

Nuestro Dios no es un Dios mudo sino un Dios que habla, y que, hablando, sale al encuentro del hombre y le invita a escuchar su Palabra, asimilarla, vivirla y anunciarla. Este dinamismo constituye lo esencial de la Palabra de Dios y del carisma Verbum Dei.

Que Dios habla es lo primero que sabemos de Dios, desde la primera página bíblica, y es lo primero que sabemos también de nuestro fundador Jaime Bonet.

En la experiencia de Jaime, nuestro fundador, le pide a Dios, de alguna manera una prueba de su existencia, “le voy a pedir que si existe me haga feliz! Esto nunca hace daño. ¡Hecho!».

 

Mira al Crucifijo y le dice: «Si existes, hazme feliz». Sorprendentemente, le invadió una felicidad que no pudo dudar de su existencia, felicidad que fue en aumento de día en día, de año en año. Una felicidad que solo se merma y no es plena por una razón: mucha gente no habla todavía con Dios. No conoce al Dios que habla, al Dios que escucha, al Dios que está atento a los problemas, a las crisis, a las situaciones, a todo lo que existe en la actualidad y afecta nuestra existencia; al Dios que me responde, que proyecta mi vida, que ilumina mi historia, al Dios que hace amigos. Muchos desconocen que la delicia de Dios es hablar a cada persona y que cada persona fue creada para hablar con Dios, para escucharle, y responderle, para obedecerle, y poner en su vida en marcha el proyecto del Reino de Dios, para anunciarlo a los demás. Esto es lo inicial que Jaime pudo experimentar y que nos quiso compartir. Esto lo tienen que saber todos. Todos han de hallar el acceso a Dios: «No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy al acceso a Dios, al Dios que habla» (VD 2).

En el fondo, acceder y abrir el acceso del hombre de hoy al Dios que habla -creo yo- es la intuición original de Jaime. Ahí está en germen el carisma de orar y enseñar a orar. Se trata de conocer a un Dios que nos habla como siempre ha hablado. Es el encuentro con el Dios bíblico, con el Dios que habla, con el Dios Palabra, con la Palabra de Dios. El don de Dios a Jaime fue el de hacerle partícipe de la experiencia original bíblica, de hablar con Dios.

Cuando Dios habla introduce a la persona en algo novedoso para muchos de nosotros, y es lo que llamamos conversación. Jaime nos ha enseñado a conversar con Dios desde que amanece hasta que anochece, a vivir en un estado continuo de conversación.

 

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El hablar creativo del Dios bíblico

 Al hablar Dios crea. Sí, El crea hablando. Las primeras páginas del Génesis, que revelan lo primero que sabemos de Dios, lo presentan hablando; el hablar de Dios aparece con una potencialidad extraordinaria, en la que quisiera detenerme, para poner en evidencia la especificidad de su hablar y resaltar la creatividad de su Palabra. En el relato de Gn 1,1-31, y en base al texto hebreo, podemos destacar siete elementos genuinos y específicos del poder creativo del Dios bíblico.

El primero es su acto de hablar: «Y dijo Dios» (wayyomer Elohim): El Dios bíblico es el Dios que aparece hablando. La expresión: «Y dijo Dios» se repite 10 veces (Gn 1,3.6.9.11.14.20.24.26.28.29.(22). El verbo decir es el primero que se pone en boca de Dios, lo cual pone de relieve su esencialidad comunicativa.

El segundo elemento es que hablando revela su deseo de que exista algo nuevo: «Que exista…» (yehí): El Dios bíblico, hablando, revela el deseo de que exista la luz (v.3), que exista una bóveda (v. 6); que existan lumbreras (v.14). Su decir remite al existir.

El tercero es una constatación de la eficacia de su Palabra: «Y existió…» (wayyehí); «y existió así…» (wayyehí ken) para indicar que tal como lo había querido Dios, así mismo sucedió; así fue. El Dios bíblico es el que habla con eficacia, el que acompaña sus palabras con hechos; el que realiza lo que dice.

El cuarto elemento es su juicio de valor de lo creado «y vio Dios que era bueno…» (wayyar Elohim ki tob): El Dios bíblico ve, mira y admira lo creado; el Dios bueno imprime bondad a lo creado por Él por su acción de decir y de hacer. Es un Dios contemplativo, que contempla con buenos ojos, con agrado lo creado por su Palabra.

El quinto elemento es temporal y secuencial. «Existió una tarde, existió una mañana día…» (wayyehi erev wayehi boquer yom…) El Dios bíblico crea el tiempo y realiza su plan y proyecto con una secuencia ordenada y con un orden regido por su voluntad creadora; día tras otro, ordenadamente y con un proceso ascendente

En sexto lugar se realza la obra maestra del creador: «Hagamos al hombre» (naaseh adam). El verbo hacer, aplicado a Dios, pone de manifiesto explícitamente su actuar: Hizo Dios dos lumbreras (1,16) Hizo Dios las bestias salvajes. (1,25). Y, por último dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (1,26). Sólo ahora aparece el plural, que nos permite comprender la identidad divina en el ámbito de la comunicación. «El Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al mismo Dios en diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él. Así, pues, creados a imagen y semejanza de Dios amor, solo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida del Verbo (DV 6). Ser creado a imagen y semejanza del Dios que habla, da al hombre su verdadera identidad comunicativa como interlocutor de Dios que le habla y le escucha.

Por último, y en séptimo lugar, destacamos la generosidad de Dios al entregar al hombre todo lo creado, haciéndolo partícipe del dinamismo creativo de la Palabra: «Os entrego todas las cosas que existen» (hinneh natatti lakem et-kol eseb…) El don de Dios es compartir con el hombre la creación y la historia. «La creación es el lugar en el que se desarrolla la historia de amor entre Dios y su criatura» (VD 9).

Solo cuando, dramáticamente, ese diálogo con el Dios que habla y escucha no se da, se interrumpe el dinamismo creativo de la Palabra. Entonces, a la amistad sucede la lejanía. Además, la alianza se quebranta y sucede la posibilidad dramática del pecado, cuya raíz está en la negativa a escuchar a Dios. Las consecuencias de no hablar y escuchar a Dios son fatales a nivel ontológico, personal y social: Se pierde la armonía con Dios y consigo mismo (Gn 2,4-3,24), la armonía entre hermanos, simbolizada en Caín y Abel (Gn 4-5), y la armonía con el entorno social, simbolizada en el diluvio (Gn 6).

Hablar con Dios cambia la vida. La recrea. Recreó la vida de Noé, de Abraham, de Elías, de Moisés, de los profetas, de los sabios… de Jaime y de todos nosotros. Es inmensa la fuerza creativa de la Palabra de Dios que, hablando, no solo crea el cosmos sino que recrea una nueva humanidad. De ahí, la trascendencia de hablar y enseñar a hablar con Dios. Consideramos que es nuestra mayor contribución a la sociedad en la etapa histórica en que vivimos. Es una tarea de incidencia social e histórica por generaciones basada en la recuperación de la centralidad de la Palabra del Dios bíblico.

 

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La recuperación de la centralidad de la Palabra

En nuestros días, afortunadamente, en el mundo católico hay una vuelta a la centralidad de la Palabra.

La opción por poner la Palabra de Dios en el centro de la vida personal, comunitaria, familiar, eclesial y social es un don y una tarea imprescindible para la Iglesia. Sabemos que las primeras generaciones cristianas, y sobre todo los santos Padres valoraban de forma eminente la Palabra de Dios. Así, san Jerónimo acuñó la expresión «la ignorancia de las Escrituras es una ignorancia de Cristo»; san Gregorio Magno consideraba que «la Escritura Sagrada es nuestro alimento y nuestra vida»; San Anselmo de Canterbury, afirma que la lectura de la Escritura es importante «porque ella muestra tanto a los monjes como a los que habitan en palacio cómo deben vivir».

 

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Propuesta de una espiritualidad bíblica para una nueva evangelización

 Una «nueva evangelización» requiere una «nueva espiritualidad» puesto que «es una acción sobre todo espiritual» (Lin 5).

Ahora bien, no toda espiritualidad puede garantizar una nueva evangelización. La espiritualidad derivada de la Exhortación Verbum Domini pone de manifiesto los tres pilares de la espiritualidad bíblica condensados en la escucha de la Palabra, la vivencia de la Palabra y el anuncio de la Palabra. De hecho, la primera seccióntitulada Verbum Dei trata de la realidad de la Palabra de Dios hablada, escuchada y comprendida, y fundamenta la oración. La segunda sección, Verbum in Ecclesia, expresa la vivencia de la Palabra en el seno de la Iglesia y pone de manifiesto la importancia del testimonio de vida. Por último, la tercera sección, Verbum Mundo, urge a  dar a conocer la Palabra de Dios al mundo de hoy y fundamenta la dimensión misionera de la evangelización.

La Iglesia impulsa así, una espiritualidad bíblica, arraigada en el dinamismo intrínseco de la Palabra de Dios que no puede prescindir de tres componentes fundamentales. Estaríamos hablando de una espiritualidad bíblica «oracional», una espiritualidad bíblica «testimonial» y una espiritualidad bíblica «misionera». Creo que esta es la colaboración del Verbum Dei en el pasado, en el presente y en el futuro de la evangelización, esencia de nuestro patrimonio espiritual: La Fraternidad Misionera Verbum Dei, con el lema de los primeros discípulos de Jesús, «orationi et ministerio verbi instantes» y el espíritu de la primera comunidad cristiana, concreta y centra su misión específica en la Palabra de Dios: Orar la Palabra, asimilándola hasta hacerla vida propia, transformándonos en ella y enseñándola así a los demás, para que la oran, la vivan y la enseñen vivencialmente a otros» (CFMVD 17).

 

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Una espiritualidad bíblica «oracional»

La oración es fundamental en nuestra vida, vivir unidos a Él en todas las circunstancias y orar de tú a tú es lo que sostiene y alimenta nuestra vida y nuestro apostolado. Ser amigos de Dios, tratar a Dios cara a cara como un amigo trata con su amigo es lo que hará de nuestras familias, familias enamoradas del Dios que nos comparte su Vida y Amor ahora y más allá de la muerte. Dios nos da el derecho de tratarle así, como un amigo, como un hermano, como un padre, como alguien íntimo y familiar que habita en nosotros y da sentido a todo, incluso a lo más oscuro y cerrado. «El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible» (EN 76).

La Trinidad, que es comunidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, juntamente con María, son nuestra primera familia. Ellos nos ayudarán sobre todo a vivir todas las circunstancias de nuestra vida, ¡absolutamente todas!, en su compañía y con sabor a eternidad. ¡Hay que hablar familiarmente con Dios! ¡Dios es familiar!


En ese diálogo, saboreamos que el wayyomer Elohim, el «dijo Dios» o «me dijo Dios» sustenta nuestra vocación y misión, llena de sentido nuestra existencia y hace que se realicen en nosotros sus promesas y sueños. Nos hacemos destinatarios de palabras de Dios creativas y recreadoras de un nuevo estilo de existir. Orar nos da un talante coloquial, amistoso, entrañable, que nos hace exclamar el magníficat de lo bueno que es Dios con nosotros. Es una alternativa de vida contemplativa en la que contemplamos que es bueno, muy bueno, lo que crea en nosotros en cada conversación con Él.

 

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Una espiritualidad bíblica «testimonial»

  Interesa mucho que seamos conscientes de la necesidad de orar y de poner en práctica la Palabra. Tendríamos que hablar con el Señor del modo más práctico posible, pues el que escucha la Palabra y la pone en práctica, ése será feliz, mientras que no ponerla en práctica nos aleja de la familiaridad y amistad con Él, como lo dice Él: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra y la cumplen» (Lc 8,19-21). «La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio» (EN 21).


Aunque Dios habla por la Escritura, Él habla también por los hechos. Me encanta que Dios nos hable por medio de palabras y de hechos. También nosotros hablamos más con los hechos que con las palabras. Nuestras palabras se confirman con hechos diarios. Esta es la fuerza irresistible del testimonio de vida, que nos convierte en signo de credibilidad, poniendo en evidencia la sacramentalidad de la Palabra.

 

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Una espiritualidad bíblica «misionera»

Nuestra evangelización deberá apuntar al desarrollo pleno de la Vida de Dios en cada persona. La evangelización no es otra cosa que dar la Palabra de Dios, injertando la Vida divina contenida en ella. ¡Cuánta fuerza ha dado Dios a la Palabra para engendrar hijos llenos de la Vida de Dios! Este ser reengendrados a la Vida de Dios por medio de la Palabra (1Pe 1,23) hace alusión al presente, pues este germen de Vida incorruptible, cuya plenitud se encuentra en Cristo, se desarrolla en el hombre nuevo al irse transformando en otro Cristo. El dar la Vida que hemos recibido a través de la Palabra nos lleva a asumir la vocación de «Iglesia madre»: «La Iglesia, que anuncia y transmite la fe, imita el modo de actuar del mismo Dios… De este modo descubre su vocación de Ecclesia mater que engendra hijos para el Señor, transmitiendo la fe, enseñando el amor que genera y nutre a los hijos» (Lin 2).

La máxima eficacia en la evangelización dependerá del cariño y amor de cada uno a Cristo y de su respuesta personal. Hacer discípulos, hijos de Dios, es la respuesta correspondiente al deseo de Dios, pero también a su propio hacer con nosotros: extraer de nosotros la imagen del Hijo a través de esas palabras dichas a nuestro corazón en todo momento y ocasión y tomar en serio su invitación participativa: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza», aprendiendo a ser uno con Él, colaborando en la nueva creación de la humanidad. Ya no es Dios solo el artífice de todo, ahora quiere contar con nuestra pequeña aportación de hijos orantes, testigos y misioneros que trabajan a una con Él, pues, en realidad: «quien ama la propia fe se preocupará también de testimoniarla, de llevarla a los otros y permitir a los otros participar en ella. La falta de celo misionero es carencia de celo por la fe. Al contrario, la fe se robustece transmitiéndola» (Lin 10).
La espiritualidad misionera nos llevará a dar prioridad a la evangelización. «Es necesario afirmar claramente la esencialidad de este ministerio de evangelización, de anuncio y de transmisión, dentro de nuestras Iglesias. Es igualmente necesario que cada comunidad considere nuevamente las prioridades en las propias acciones, para concentrar energías y fuerzas en este empeño común de la nueva evangelización» (Lin 22).

Las palabras del Papa Pablo VI, lanzando la prioridad de la evangelización, nos evocan siempre nuestra opción: No está bien que abandonemos la Palabra (Hch 6,2): «No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza –lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio –, o por ideas falsas omitimos anunciarlo?» (Lin 2).

Fuente : verbum Dei

 

 

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